A veces salgo a hacer la compra y se me olvidan las bolsas en casa, y prefiero pedir bolsas en la tienda que hacer toda la operación de volver a subir a casa con las dos niñas. También si me ves con ellas por la calle verás que soluciono la mitad de las situaciones a golpe de toallita.
Cuando me llega a casa la compra del mes verás leche, pasta, mascarilla del pelo, dátiles, cereales, yogur, pasta de dientes, y yo qué sé qué más cosas en envases de plástico de un solo uso.
Verás también carne, aunque poca, porque no, no somos veganos.
Si miras en el baño de casa encontrarás en el cambiador de mis hijas pañales desechables a montones. Y si me pillas duchándome verás que a lo mejor paso un poco más de tiempo del necesario debajo del chorro de agua caliente.
Al abrir mi armario verás algo de fast fashion, y bolsas de plástico de esas al vacío para guardar la ropa.

Pero si dentro de un año vuelvo a escribir un post como éste post sé que podré tachar algunas cosas de la lista, aunque seguirá siendo larga. Si lo hubiera escrito hace un año, pues estaríais echándoos las manos a la cabeza (aún más).
No me da ninguna vergüenza contaros todo esto porque sé que nos estamos esforzando y que los cambios importantes y duraderos son los que se hacen poco a poco. Porque aún consumimos mucho plástico pero sabemos lo que hacemos cuando lo compramos y aunque no nos gusta, es lo que hay mientras encontramos la forma de evitarlo que sea adecuada para nuestra familia. Pero lo más importante de todo esto es que las dos tortuguitas que nos siguen (o a las que seguimos) a todas partes, van viendo y formando parte de ese esfuerzo, se van empapando de ese “así es como se cuida la tierra” y algún día a lo mejor leerán esto con asombro, nos mirarán con suficiencia y me preguntarán cómo era posible que esas cosas fuesen ni tan solo legales.


